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Review This Story || Author: Sandra Raquel

Historia de Corinne - Spanish

Part 7

La mujer era mas joven que yo y además muy bonita y excelentemente proporcionada.

Entonces Melba, se levantó y dirigiéndose a todos, dijo :

*** Yo, propongo una apuesta con los que quieran aceptarla. Se trata de adivinar, quien está siendo azotada y quien sodomizada.

Oí exclamaciones de júbilo y ya varios hombres, se aprestaban a presentar a sus esposas, para cualquiera de las dos actividades.

Melba se acercó a mí y ante todos, me nombró testigo ocular de la prueba. Y además anunció, que el ganador o ganadores de la apuesta, pasarían la noche conmigo sometiéndome a los rigores y castigos que ellos consideraran oportunos.

Como las imágenes iban a ser grabadas en vídeo sin voz, tan solo se colocó una alta mampara, con 6 orificios, por los que sacarían las cabezas las mujeres que iban a ser sometidas.

Pude contemplar como, 6 de las mas bellas hembras, que allí estaban fueron desnudadas y conducidas hasta los agujeros y obligadas a introducir sus cabezas en ellos.

Había una, que tenía huellas de látigo sobre sus nalgas. Y Melba, al darse cuenta, procedió a realizar el cambio.

Eligió a una mujer de unos 35 años. Era muy hermosa. La desnudó y pudimos admirar que era de carnes rollizas y sonrosadas.

Melba decidió que las del centro fueran penetradas en el ano. Y que se empezara a grabar cuando ella lo autorizara.

Las dos mujeres del centro comenzaron a ser sodomizadas rigurosamente.

Cuando sus jadeos empezaron a ser mas vivos, Melba indicó a los hombres que comenzaran con los azotes de las otras cuatro.

Los azotes se hicieron con fustas de extremo acerado. Y en un momento las 6 mujeres resoplaban y gritaban. Unas de placer y las otras de dolor.

Se terminó con la sesión en menos de 10 minutos, cuando empezaron a desplomarse las mujeres.

Y luego en el gran salón, Melba hizo pasar a los apostantes y se proyectó la película.

Todos aplaudieron por la nitidez de las imágenes. Tres de los apostantes, tenían a sus esposas en las pruebas.

Después de pasado el vídeo, Melba indicó a los hombres que pasaran a la sala. Allí seguían estando las mujeres asomando sus cabezas por los agujeros de la gran mampara.

Y se pidió que los apostantes indicaran, las que habían sido azotadas y las que habían sido sodomizadas.

Las azotadas, recibirían una bofetada. Las sodomizadas, un tirón de pelo. Para colmo de males para mí, los 6 hombres acertaron totalmente.

Entonces Melba, anunció ....

*** Caballeros !. Lo prometido es de justicia. Nuestra joven compañera Corinne, será para uso de los seis. Os la entregaré en los sótanos, pero antes debe de realizar unas tareas. En tres horas estará con los afortunados. Corinne !. Sígueme.

Subimos a su habitación en silencio. Yo, me sentía bastante mal, pero me había hecho a la idea de sufrir de forma escandalosa.

Cuando estuvimos dentro, Melba se acercó y me dijo ....

*** Corinne. Se van a emplear a fondo contigo. Además en el sótano, están todos los tipos de aparatos. Por otra parte, me encanta la idea, de que te ultrajen hasta los límites. Ahora deseo, que me atormentes tú a mí. En el cuarto de al lado hay casi los mismos aparatos que en el sótano.

*** Señora. Yo no puedo azotarla de nuevo. Yo soy la que debe ser castigada, aunque no tenga culpa de nada.

*** Tonterías. Vamos al cuarto y pégame fuerte. Además, átame a donde te parezca y como te parezca. Es una orden.

No hacían falta mas palabras. Nos encaminamos a la habitación contigua, mientras Melba se iba despojando de sus ropas.

En el destino, terminó de quitarse la almidonada blusa y la braguita y se quedó totalmente desnuda ante mí. Yo, seguía con mi traje de fiesta. Y Melba me aconsejó que me desnudara, a fin de no mancharlo, pero que antes la atara al aparato elegido por mí.

Entonces, me atreví a decirla ....

*** Señora. Voy a obedecerla en todo lo que no atente sobre mí, en el aumento de los castigos, que me esperan en el sótano.

*** Corinne. Si yo te ordeno que me azotes. Tú, me azotas. Si te digo que me ates, tú me atas. Y así todo. Y si decido en el sótano el doblarte los castigos, tú los aguantas. Además te diré, que si no consigues el hacerme gritar en el plazo de 5 minutos, en el sótano te someteré a pruebas de alto grado de sadismo. Ahora, átame. Coge una fusta, una correa o una cadenilla y azótame desde el cuello hasta los pies, tanto por detrás como por delante. Y no te olvides de mis pechos.

Melba, tenía la condición de ser una de las mas hermosas mujeres que hubiera visto antes. Tenía las medidas justas en cualquier parte de su cuerpo.

La até a dos columnas, con los brazos separados, pero las piernas se las dejé juntas y atadas en los tobillos.

La azoté con todo tipo de útiles, pero esto os lo relataré en uno de mis descansos del sótano.

Cuando terminé de curar a Melba, la vestí y ella se encargó de mí. Me aseó ligeramente, ya que iba a sufrir, sudar y hasta oler mal.

Como vestido me puso un trozo de saco lleno de suciedad y que me punzaba el vientre y los senos. Después me ató las manos a la espalda y nos encaminamos a la puerta. Luego, enfilamos las escaleras y me dirigí, sin una sola indicación por parte de Melba, al sótano.

Melba abrió la puerta y entré sin mirar. Me encontré de frente con los 6 hombres que me esperaban para dar cuenta de mi, en base a sus ferocidades.

Sus mujeres habían sido enviadas a casa. Y el resto de invitados también se habían retirado momentos después.

Ahora, tan solo estábamos Strauss, Melba, los 6 apostadores y yo. Uno de los presentes dijo ...

*** Creo, que lo mejor para empezar es desnudarla. Luego comenzaremos a vestirla, según nuestros gustos. Y mi gusto es, que posea una braguita de espino, Pero antes me gustaría azotar la zona receptora de tal prenda.

Y se acercó a mí y me despojó del saco, lo cual agradecí. Pero, sabía que me esperaba un infierno mucho peor.

Me hizo colgar de los tobillos con las piernas muy separadas, a fin de que mi vagina estuviera lo suficiente abierta para recibir el cuero en su interior.

Me largó varios fustazos al interior de la vagina. Y siguió con unos cuantos golpes en las ingles y las partes internas y próximas del pubis.

Luego me descolgó y mientras cuatro de ellos me sujetaban, los otros dos, incluido él, me colocaban la braguita espinosa.

Cuando la tuve colocada, a pesar de los gritos y contorsiones que hice, me obligaron a sentarme a caballo, sobre un madero curvo, a fin de que el espino se apoderara de mis partes mas indefensas y ahora mortificadas por la fusta.

Lancé nuevos gritos, mientras el resto de los hombres, me sujetaban de brazos y tronco.

Entonces oí al segundo torturador decir ....

*** Mi propósito, es ponerla un sostén. Que también será de espino. Y antes necesito el azotarla los pechos y quemarla las aureolas de sus pezones con un cigarro.

Me separaron de la barra, entre terribles dolores. Casi, no era capaz de andar, ya que cada paso era un suplicio en mis partes íntimas.

Me ataron a una columna de manos y pies. Y después me pasaron una soga a la altura de mis clavículas y otra por la cintura y las tensaron a fin de que no pudiera moverme.

Mi atacante y verdugo, se armó con una fusta muy fina y elástica y se acercó a mí.

Me azotó los pechos suavemente, pero repitió varias veces el acto, hasta que por fin, yo, no pude más y comencé a gritar.

Entonces encendió un pequeño puro y dio varias caladas seguidas. A continuación sopló la ceniza y vi una punta viva de fuego que me la iba acercando al pecho derecho.

No se fue por las ramas y me acercó el cigarro a la aureola y me la quemó en la parte superior.

Lancé un agudo grito y resoplé, pero esto no hizo mella en aquel hijo de mala madre. Acercó la brasa, tras avivarla, a mi otro pecho. Y de nuevo quemó la parte elegida.

A pesar de los gritos que daba y las contorsiones que intentaba hacer, no era capaz de desembarazarme de mis ataduras. Y aquel ser volvía de nuevo a la carga.

En las dos ocasiones siguientes, me quemó las partes inferiores de las dos aureolas. Y fue entonces, cuando satisfecho del estado en el que me tenía, decidió que ya era el momento oportuno de ponerme el sostén.

Se aproximó a mí, con un gran conjunto de espinosos tejidos entrelazados. Y sin pedir permiso o avisar, me lo colocó sobre los pechos.

Sentí como el espino entraba en mis pezones y en las partes torturadas de mis pechos. Y grité, grité y grité.

Pasó sus enguantadas manos por mis costados hasta llagar a la espalda y tras haberme soltado la cuerda que me sujetaba las clavículas, me anudó la prenda en la espalda.

Aquel tejido, me cubría casi todo el pecho. Además él, me apretujó el sostén contra mí a fin de que los espinos se apoderaran de mis carnes.

Para entonces lloraba desconsoladamente. Sentía tal desazón, que no podía creer que aquello pudiera ocurrir.

Entonces el tercer torturador, dijo ....

*** Camaradas. Lo siento, pero yo deseo azotarla las nalgas y los pechos, así que tendré que desnudarla.

Me entró un pánico atroz. Entre mis lágrimas pude ver como varias manos me desataban y me conducían hasta el lugar indicado por mi nuevo torturador.

Era un aparato distinto a todos los que había experimentado. Consistía en una barra que estaba doblada a la altura de las corvas de una mujer. Y en su parte terminal había un falo de goma rígida.

Me obligaron a que me introdujera el falo en la vagina, después de que me hubieran desposeído de mis ropajes de tormento.

Lo hice sin más. Y rápidamente y mientras el falo estaba en mi interior, un par de aquellos monstruosos seres, me hicieron doblar las piernas y anclaron mis tobillos a la base de la barra.

Luego cogieron mis brazos y me los hicieron extender en cruz, atándome a las pulseras dos cuerdas que me tensaron ligeramente hacia adelante.

Mi tercer torturador, cogió un látigo de 4 colas, delgadas y terminadas en bolitas de acero espinosas y se situó detrás de mí.

Como preámbulo, me lanzó cinco golpes en las nalgas suaves, pero haciendo coincidir las bolitas en mis carnes.

Lo aguanté como mejor pude. Pero, rápidamente pasó a efectos mas grandiosos. Se separó algo mas de mí y me asestó con todas sus fuerzas 20 latigazos en las nalgas y la mayor parte de ellos de abajo hacia arriba, con lo que las sádicas bolitas estrelladas se incrustaron en el interior del ano.

No os puedo contar aquí los dolores que experimentaba, pero a pesar de mis gritos y súplicas, los golpes arreciaban con mayor fuerza sobre las partes señaladas.

Pronto se cansó de esta zona y se dispuso a azotarme los pechos. El lugar de ponerse delante de mí, lo intentó desde atrás. Según él, era mas efectivo, ya que primero, no se veía llegar el látigo y segundo las bolitas incidían más directamente sobre los pechos, a la vez que azotaba los hombros.

Después de terribles dolores y mientras continuaba con mis alaridos y mi llanto, él, anunció .....

*** Ya he terminado. Ahora y para que no digáis la volveré a poner la ropa que llevaba puesta.

Y sin más, cogió el sostén espinoso y me lo colocó brutalmente sin mirarme siquiera a mis ojos. Me lo apretó a conciencia y antes de atarlo me lo ajustó del todo.

A continuación me retiró del falo y me colocó la braguita con la misma intensidad de mala fe.

Me sentía morir de sensaciones. Por fin lo vi apartarse, dejando paso a mi 4º torturador. Se aproximó a mí y dijo .....

*** Yo no necesito que esta zorra esté desnuda. Mi meta consiste en azotarla los costados y los muslos. Y la azotaré con la fusta roja y trenzada.

Esa fusta era la más terrible de las que Melba solía llevar. Era muy fina, pero sus trenzados proporcionaban unas sensaciones de lo mas odiosas.

Me ataron las manos a una cadena que caía del techo y me obligaron a separar las piernas. Luego engarzaron mis tobillos a unos anclajes disimulados en el suelo.

Mi torturador se colocó frente a mí. Alzo la fusta y me la descargó en un costado. Sentí como todo mi ser se estremecía. He de decir, que era la tercera zona de mi cuerpo en intensidad de sensaciones.

Antes de que pudiera recuperarme, recibí otro azote en mi otro costado, el derecho, a la altura media de las costillas y por debajo de aquel maldito sostén.

Me contengo todo lo que puedo, pero ellos deben de apreciar las palpitaciones de que soy presa.

El siguiente azote y sin dejarme respirar me lo envía a la cintura. Y como en esta zona no hay hueso que lo proteja, el azote arranca gritos de mi garganta, a la vez de dejarme un gran dolor.

Pero el castigo prosigue como si yo fuera de piedra. Nuevos azotes me van marcando, tanto en la cintura como en las costillas. Y ahora, sí, mis gritos son algo mas estremecedores.

No por esto dejan de azotarme con mas rigor las mismas partes, para al final seguir con la parte anterior de mis muslos.

Los latigazos caen con fuerza, pero en esta zona se defenderme bien y puedo controlar mi estado de ánimo. Y después de unos 30 azotes, mi torturador se coloca a mi espalda, para seguir con las partes mas sensibles de mis muslos. Y tanto en la parte trasera como en el interior descarga la fusta con gran potencia, haciéndome enronquecer con mis gritos.

Siento que las fuerzas me abandonan y entre dos latigazos me desplomo, quedando sujeta tan solo, por mis muñecas.

El grupo al darse cuenta de mi estado, para el tormento y tras desatar me dejan tendida en el suelo a fin de que me recupere.

Todo esto, os lo puedo relatar por haber sido capaz de verlo en vídeo, durante mi estancia con aquellos monstruos.

Mi cuarto torturador, según me desvanecía había anunciado el término de la sesión.

Comienzo a despertarme. Me remuevo en el suelo y siento las terribles punzadas del sujetador y la braguita.

Melba, que ha estado esperando el momento en que yo diera muestras de querer seguir con los suplicios, anuncia .....

*** Caballeros. Esta zorrita se está recuperando, pero como aún faltan muchos suplicios, he decidido el quitarla estas porquerías del cuerpo y que sea saneada totalmente.

Todos acatan su decisión y yo soy conducida hasta mi anterior anclaje, en el que Melba me separa los tormentosos espinos, tanto de los pechos, como del pubis.

Al cabo de unos 10 minutos, estoy como si acabara de bajar al sótano.

Me han desaparecido las marcas de los látigos, pero además se me han borrado las quemaduras en los pechos. Y Melba, aprovechando un descuido de ellos me ha dado a beber un líquido, que me ha reanimado enormemente.

Cuando Melba anuncia mi recuperación, el quinto torturador se acerca a mí. Yo, bajo los ojos. Pero tengo tanta fuerza en el cuerpo, que creo poder aguantar cualquier suplicio.

Anuncia, que tan solo desea quemarme con cigarrillos el pubis y las nalgas. Y después, darme 30 azotes en ambas partes. Pero que debo ser colgada bocabajo de manos y pies, pero atada en aspa y con las piernas lo mas separadas posibles.

Soy colocada en el suelo bocabajo y abierta de brazos y piernas. Me enganchan las cadenas y comienza mi ascensión. Y cuando estoy a la altura de 1.20 metros, mi ascensión queda detenida.

A pesar del líquido que he tomado, los dolores que siento en las extremidades, son de tal magnitud, que pienso en que mi cuerpo se va a desgarrar.

Ya en otras ocasiones, he sido colgada de esta misma manera, pero cada vez cuesta más.

Y lo peor de esta postura es, que a cada movimiento o contorsión los dolores se multiplican.

Mi torturador enciende un cigarrillo, junto a mi cara. Me echa el humo y me da unas palmaditas en la cara. Luego se aleja de mí y se coloca a la espalda.

A partir de ese momento, mis temores aumentan considerablemente. Espero con pavor el momento en que el cigarrillo, roce la frágil piel de mi pubis.

Antes de que me dé tiempo a prepararme, el primer quemazón lo siento en mi ingle derecha. Y casi a continuación y sin que haya tenido tiempo de gritar, me quema en la parte izquierda.

Para entonces, y a pesar de que ha sido solo un ensayo, mis dolores son de tal magnitud, que mis gritos llenan todo el sótano.

Pero mi atormentador, prosigue en su empeño de martirizarme semejante parte. Lo intenta, ahora ya con mayor profundidad, en las caras internas de ambos muslos. Y sigue con los labios mayores de la vagina.

Yo mientras tanto, siento como se desgarran mis músculos, según me remuevo en las ataduras. Y el dolor es tan alto, que mis gritos terminan por dejarme afónica.

Mi torturador, termina con su sesión de cigarrillos. Y pasa directamente a coger la fusta negra. Es la mas fina de todas las que he visto y además es de las mas dúctiles.

Comienza con media docena de azotes entre las dos medias lunas que conforman mis nalgas. Y sigue de inmediato con las caras internas de los muslos.

Como mis lamentos no parecen escucharlos y además mi voz casi es imperceptible, los azotes se escuchan con una gran intensidad. Y el choque emocional es, si cabe, mayor.

Aquel infame, invade el interior de mi vagina y la fusta penetra como una serpiente enloquecida en mi interior, tantas veces que llego a perder la noción de las cosas y me desvanezco de nuevo.

Cuando consigo recobrarme, me veo en pie atada por las muñecas a una cadena que cae desde el techo. Parece ser que es mi último torturador, el que me ha exigido esta figura.

Anuncia, que tan solo me azotará de forma tradicional, pero que lo hará con el látigo de cadenillas doradas.

Yo las conozco, pues las he visto en el dormitorio de Melba. Y además las he visto utilizar contra otras jóvenes. Son odiosas y desagradables. Y desde luego, si a una persona le gusta el sentir verdadero dolor y quedar muy marcada, las cadenillas son el arma apropiada.

Antes de empezar, me tensa la cadena que sostiene mis manos, hasta que mis pies están totalmente en reposo en el suelo. Y a continuación engarza mis tobilleras, a fin de que no pueda separar las piernas, aunque si doblarlas.

Entonces se pone ante mí y deja reposar las frías cadenillas en mi pecho izquierdo, después de haber introducido el mango entre mi cuello y mi hombro izquierdo. Las cadenillas son muy finas y son 5 en total.

Mientras me remuevo al contacto de aquellos metales sobre mi seno, él me pellizca ligeramente los dos pezones, hasta que estos cogen consistencia.

Cuando los pezones brotan del interior de los senos, el me los retuerce suavemente, hasta que me los pone al rojo vivo. Cuando ha conseguido su objetivo, se apodera de nuevo de las cadenillas y me las hace rozar por los pechos y el vientre.

Enseguida se separa y ensaya un par de golpes en mi vientre. Yo lo soporto como mejor puedo, pero él ya se ha apoderado de mis costados, a los que lanza una docena de azotes.

Ahora ya las lágrimas han aflorado en mis ojos y mis contorsiones son también más violentas.

Enseguida se decide por mis caderas a las que golpea como enloquecido.

Rápidamente se sitúa a mi espalda y me la azota con el máximo de los rigores. Y prosigue con mis nalgas a las que también azota con verdadero sadismo.

Yo, entre las difusas imágenes que soy capaz de ver, puedo contemplar las marcas sobre mi vientre, que aparte de dolorosas son de un oscuro color rojizo.

Mi torturador, detiene el castigo sobre mis nalgas y se coloca ante mí. Me seca las lágrimas y me acaricia y consuela en mi llanto interminable y desconsolado.

Mientras me consuela, me roza con las cadenillas y hasta me da unos pequeños toques en los pechos con las mismas. Me coge del pelo y acercando sus labios a mi oído izquierdo, me dice que estoy encantadora con las marcas de un látigo.

Se separa de nuevo y levantando las cadenillas, me las descarga en los muslos, en su parte delantera. Los azotes caen con tanta intensidad, que solo puedo preocuparme de llorar. Me los marca profundamente, a fin de hacerme sufrir el máximo posible.

Luego repentinamente se coloca a mi espalda y prosigue con sus azotes a mis muslos, pero en la parte trasera. En esta zona se hacen más poderosos y desastrosos los golpes.

Me los martiriza con verdadero frenesí. Y como mi voz es incapaz de articular palabra alguna, me veo obligada a jadear, gemir y sollozar.

Antes de que pueda recuperarme de un azote, ya me ha dado el siguiente. Llegan tan rápidos como violentos.

Por fin siento un descanso en aquellas carnes torturadas. Y le veo que se coloca ante mí y me dice, que me va a azotar los pechos y con eso quedará terminado el castigo.

Yo, le hago señales negativas de mi cabeza, indicándole que no lo haga. Pero a él, parece no importarle lo que yo piense.

Y me los azota varias veces, aunque estos golpes son de menor intensidad que el resto de los que han caído sobre mi cuerpo.

Aún así, las marcas son profundas y rabiosas. Y por fin Melba anuncia el final de los castigos. Pero como debo ser curada, me hace desatar de la postura que mantengo y colgarme de los pies con las piernas separadas.

Los hombres se despiden. Y cuando estamos a solas Melba y yo, ésta, me aplica un bálsamo apestoso y tosco. Me lo deja aplicado, durante 20 minutos, mientras yo tengo que soportar aquella postura. Al término de ese tiempo, me hace descender y después de obligarme a ponerme en pie, me indica que subamos a su habitación.

Me ayuda a subir las escaleras y cuando entramos en la habitación, me conduce al baño y me hace entrar en la bañera.

Primero suelta el agua fría sobre mí, luego, ella misma se introduce desnuda en la gran bañera y me va quitando los restos de la pomada mágica.

Cuando ya casi han desaparecido, cambia el agua a templada y las dos comenzamos a disfrutar las delicias del agua sobre nuestros desnudos cuerpos.

En el mío, ya no aparecen las marcas de los látigos, aunque todavía siento el dolor en todo mi cuerpo.

Por fin nos secamos y nos vamos hacia su cama. Ella me sonríe. Y yo sé inmediatamente que es lo que desea. Que por otra parte estoy deseosa de dárselo, por el favor que me había hecho en el sótano.

Antes de entrar en la cama, me hace beber un líquido y abrazándose a mí me dice ....

*** Corinne. Estoy enamorada de tí. Te amo febrilmente. Pero por otra parte, me encanta el verte sufrir. Y a la vez yo, sufrir por tí.

*** Melba. A pesar del miedo que siempre te he tenido, yo también estoy enamorada de tí. Y además te agradezco todo lo que has hecho por mí.

*** No te burles. Anda !. Vamos a la cama.

Nos metimos entre las sábanas y después de besarnos larga e intensamente, Melba me dijo ....

*** Corinne. Con lo que voy a decirte, lo más seguro es que te pierda para siempre, pero tengo que hacerlo. Hay una persona esperándote en el hall.

*** Y quien puede esperarme ?. De quien se trata.

*** Es tu amante René. Ha venido para llevarte con él. Te espera una vida mejor que conmigo. Pero yo me quedaré triste sin tí, a pesar de los dolores que te he hecho experimentar.

*** No te preocupes Melba. Habrá alguna forma de que podamos vernos.

*** Si tu lo deseas, sí.

*** Lo deseo con todo mi ser, amor mío. Estaremos en contacto en todo momento. Y además si me necesitas para algo, aunque sea para una tarde de tormentos, y siempre que pueda evitar a René, cuenta conmigo.

*** Así lo haré, amor. Apréndete mi teléfono de memoria.

*** Melba me lo sé de memoria, me lo aprendí, cuando tú me azotabas sobre la mesa.

Volvimos a besarnos apasionadamente. Luego lloramos juntas y por fin, Melba haciéndose la fuerte me indicó que ya debíamos arreglarnos para bajar.

Melba me enseñó sus vestidos y escogí uno que era una maravilla y además cumplía con las reglas de sumisión. Me puse unas sandalias a juego con el vestido y las dos salimos unidas de la mano.

Al llegar al salón y ver a René, corrí hacia él y le abracé con tal ímpetu, que casi caemos al suelo.

René, me apartó de él y saludó a Melba. Luego sin decir más, me cogió de la mano y me sacó de aquella mansión de sufrimientos.

Me condujo hasta el coche que tenía aparcado frente a las grandes escalinatas. Entré en el coche y me senté como sabía que a él le gustaba. René me sonrió y el coche arrancó, dejando atrás la maldad y mi amor secreto.

La mansión de René, de reciente construcción, constaba de dos plantas y un enorme sótano.

Entramos en la casa y por fin se abrazó a mí y me pidió perdón por las cosas que me había dicho semanas atrás.

Nos besamos profundamente y después de tomar un refresco él y yo un brandy, me dijo ....

*** Corinne. Deseo, que sigas portando el collarín, las pulseras y tobilleras el resto de tus días. Deseo también, que jamás lleves ropa interior. Y por último, que acates cualquier orden mía aunque ello conlleve para tí humillaciones. Estás de acuerdo ?.

*** Haré todo lo que me exijas. Y cuenta conmigo para todo. Y si deseas azotarme, hazlo. No tienes que pedirme permiso alguno.

*** Está bien. A partir de ahora, asistiremos a fiestas y reuniones. Y el tiempo que pasemos juntos, espero de tí una obediencia ciega y llena de amor.

*** Confía en mí, René. No te defraudaré.

*** Primera prueba. Desnúdate, mastúrbame con la boca y yo mientras te azotaré con la correa.

Le obedecí ciegamente. Quedé desnuda en un segundo. Y mientras le bajaba la cremallera del pantalón, él se quitaba la correa y la alzaba.

En un momento sentí el cuero entre mis nalgas. Era un cálido goce, que a él no pensaba confesárselo. Le dejé que creyera que me hacía morir de dolor, para lo cual yo me removía ligeramente, sin dejar de masturbar su pene entre mis labios.

René, cesó de darme correazos y esperó el momento de correrse en mi interior. Me lo tragué casi todo. Dejé que algo resbalara por las comisuras de mis labios y algo que cayera en el suelo y en mis pechos.

Tenía que averiguar, si a él le bastaba, con que hubiera tragado algo, o por el contrario deseaba que todo me lo tragara.

Y si era lo último, que haría ?. Me obligaría a lamer el suelo ?. O a lo mejor me daba unos azotes.

René, se decidió por amonestarme y me recriminó por mi mal proceder. Y rápidamente le vi, como cogía mis manos y las colocaba a mi collarín, en la parte trasera.

Luego cogió un trozo de cable eléctrico y me azotó los pezones con pequeños golpes, hasta que los puso al rojo vivo.

Yo le imploraba, piedad, pero sin demasiado descaro, a fin de que no se diera cuenta del engaño.

En pocos minutos me dejó de pegar y me desató las manos. Luego se abrazó a mí y nos fuimos a preparar la cena.

Cuando terminamos de cenar, me condujo hasta el dormitorio.

Era inmenso, precioso y además confortable. A pesar de las cadenillas que descendían del techo y que estaban indicadas para mí. Me quitó la prenda que me había puesto para cocinar y me indicó que me aseara. Mientras él, iría al otro baño.

Cuando estuve lista y preparada, salí y vi que René hablaba con otro hombre.

Prudentemente, me di la vuelta y ya me dirigía al baño, cuando la voz de René, estalló en mis oídos ....

*** A donde vas ?. Ven acércate, te voy a presentar a un amigo.

*** Pero, no estoy presentable. Espera un momento.

Ya me dirigía de nuevo al baño, cuando .......

*** He dicho, que vengas. Y es ahora. Y además, yo soy quien decide como debes de estar. Ya lo has olvidado ?.

Me aproximé a ellos y bajé la mirada al situarme a su lado.

René, siguió hablando con su amigo, mientras alababa algunas partes de mi cuerpo y en algunas ocasiones le indicaba que mirara tal o cual zona.

Yo me sentía aturdida y humillada. En un momento, René me dijo ....

*** Corinne. Acuéstate, pero antes despídete de este amigo y de mí.

Me aproximé a aquel hombre y le tendí la mano. René me asestó una sonora bofetada, mientras me explicaba, que un amigo suyo, debía recibir los mismos tratos que él.

Entonces no me quedó mas remedio que besarle en la boca. Luego, me separé algo bruscamente y me acerqué a René al que besé algo más vehementemente.

René me besó ardientemente, mientras ponía sus manos de forma obscena por todo mi cuerpo. Me sentía muy violenta al tener que soportar aquello a la vista de su amigo.

René se separó bruscamente de mí y me indicó la cama. Yo le obedecí y me acosté, pero cuando iba a cubrirme con el edredón, él me ordenó que me quedara desnuda bocarriba y con las piernas y brazos ligeramente separados.

Ante tal situación, le obedecí, pero cerré mis párpados para no ver al hombre que me humillaba de forma tan inesperada en mi primer día de unión.


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